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Lo que dicen de la novela
«Hay libros que nacen de la imaginación y libros que nacen de la obsesión. El Hidalgo de la Montaña Negra pertenece a la segunda categoría.»
«Ha escrito una novela en la que el poder económico es más importante que la espada, en la que una negociación comercial genera más tensión que un abordaje, y en la que la pregunta central no es «quién ganará» sino «quién se quedará».»
«Si El hidalgo de la montaña negra tuviera que reducirse a un solo personaje, ese personaje no sería Juan Bautista de Ascanio. Sería Catalina de Estopiñán, su esposa.»
«Tamarco no rompe el sistema; lo usa desde dentro, con las mismas herramientas que lo esclavizaron.»
«Hay novelas que se escriben. Y hay novelas que se deben. Esta se debía.»
«El lector no siente la erudición; siente el olor a brea y a trigo húmedo del muelle de Cádiz.»
«El libro entero puede terminar reconstruyendo a una familia desaparecida a partir de sus papeles —las informaciones de 1574, el pleito de 414 páginas de Pamplona. El que no deja papel, no deja huella; la novela es, en su nivel más alto, una meditación sobre qué sobrevive: no la sangre, no la espada —la tinta.»
«La tesis del libro —que el papel es lo que perdura— se cumple en el libro mismo: existe Juan Bautista de Ascanio porque alguien lo escribió, y vuelve a existir porque alguien lo leyó. «La novela que esos papeles me contaron» no es modestia retórica: es la afirmación de que la ficción, aquí, es una forma de probanza.»
«Pocas novelas históricas resisten que se les desmonte el mecanismo a la vista; esta gana cuando se le abre la tapa, porque el reloj está bien hecho y, además, da la hora exacta: la del momento en que el papel le ganó la partida a la espada, y un linaje de marinos aprendió, demasiado tarde para uno de ellos, que no se puede arar el mar.»
Artículos
Hay libros que nacen de la imaginación y libros que nacen de la obsesión. El Hidalgo de la Montaña Negra pertenece a la segunda categoría. Su autor, Chisco de Ascanio, ha dedicado cuatro años a recorrer archivos de media España para desentrañar la historia de su propio linaje: los Ascanio, una familia de armadores y regidores gaditanos que entre finales del siglo XV y principios del XVI saltaron del comercio atlántico al asedio de Málaga, del asedio a la conquista de Tenerife, y de Tenerife a la expansión castellana en Berbería. El resultado es una novela densa que no se parece a nada de lo que se ha escrito en español sobre ese periodo, y que llega con la fuerza de un temporal del suroeste.
Conviene decirlo desde el principio: esto es una ópera prima. Y conviene decirlo porque lo que Chisco de Ascanio ha conseguido en su primer intento es algo que la mayoría de los novelistas históricos no consiguen en toda su carrera. Ha escrito una novela en la que el poder económico es más importante que la espada, en la que una negociación comercial genera más tensión que un abordaje, y en la que la pregunta central no es «quién ganará» sino «quién se quedará». Eso, en un género donde el lector espera sangre y estandartes, es un acto de valentía creativa que merece reconocimiento.
El Atlántico como personaje
Lo primero que sorprende de El Hidalgo de la Montaña Negra es que no es una novela de conquista. O no solo. Es una novela de comercio marítimo, de crédito genovés, de madera de cedro y carcoma de mar. El mundo que Chisco de Ascanio levanta tiene la textura de los libros de cuentas y los conocimientos de embarque: los personajes no hablan de honor excepto cuando quieren engañar a alguien. Hablan de fanegas, de plazos, de avales, de quién paga el quinto del almojarifazgo. Cuando Antón Bernal dice que «la honra no paga calafates», está expresando la filosofía entera de la novela.
Esta elección no es capricho estético: es fidelidad documental. El autor ha buceado en los protocolos de los escribanos de Tenerife, en los libros de los repartimientos de Tenerife, en las ejecutorias de nobleza del Archivo General de Navarra, en los fondos del Archivo Histórico Nacional, del Archivo General de Indias y del Archivo Histórico Municipal de La Laguna. Cuatro años de descifrar legajos, de cruzar datos entre un acta capitular y un libro de datas. Y todo ese trabajo no se exhibe: se disuelve en la ficción con la naturalidad de la sal en el agua. El lector no siente la erudición; siente el olor a brea y a trigo húmedo del muelle de Cádiz.
El Atlántico de esta novela no es el océano romántico de las novelas de aventuras. Es un espacio de trabajo, de riesgo calculado, de corrientes que se miden con astrolabio y de vientos que se negocian con la quilla. La escena en la que Al-Hakam, el astrónomo turco, le enseña a Juan Bautista a leer las estrellas con versos árabes que se pegan al oído es una de las piezas más delicadas del manuscrito: ciencia, poesía y comercio fundidos en una sola noche de cubierta. No hay nada gratuito en esa escena. Cada verso de Al-Hakam es un instrumento de navegación que funcionará tres capítulos después, cuando la diferencia entre veintiocho grados y medio y treinta grados sea la diferencia entre ver la isla y pasarla de largo.
Catalina: la verdadera protagonista
Si El Hidalgo de la Montaña Negra tuviera que reducirse a un solo personaje, ese personaje no sería Juan Bautista de Ascanio, el regidor y navegante que da nombre al linaje. Sería Catalina de Estopiñán, su esposa. Catalina es el centro de gravedad de la novela, la fuerza que atrae todo hacia la tierra cuando los hombres no dejan de mirar al mar.
Su arco es devastador en su precisión. Empieza como una muchacha de quince años que le dice a su padre que no se casará con un marino porque ha contado las viudas de su calle —tres— y las de su parroquia —diecisiete—, y ninguna de ellas tiene tierra a su nombre. Esa cuenta es el germen de todo lo que viene después. Cada decisión de Catalina parte de un número, no de un sentimiento.
Cuando reclama tierras en la Argamasilla, lleva un cordel preparado en el bolsillo para atar el pergamino. Cuando arruga ese mismo pergamino ante los regidores después de que la Corona les quite la tierra para fundar Puerto Real, no lo rompe: lo alisa y se lo guarda. Cuando cuenta ciento treinta y cuatro monedas sobre la mesa de su cocina, calculando cuánto tiempo le queda antes de tener que volver a casa de su padre, el lector siente el peso de cada maravedí como si fuera suyo. Y cuando por fin dice «tengo los arcones preparados», después de años de negarse a cruzar el mar, la frase tiene una fuerza sísmica porque el lector ha vivido cada uno de esos «no» que la precedieron.
Catalina no es un personaje femenino «fuerte» en el sentido trivial que la literatura contemporánea suele dar a esa palabra. No blande espada ni desafía convenciones con discursos grandilocuentes. Su fuerza es la del cálculo, la paciencia y la negativa a aceptar promesas como moneda. Es la única persona en toda la novela que entiende que el futuro no se conquista: se construye. Y lo entiende porque ha contado las viudas.
De Granada a Tenerife: la muerte como oficio
La novela traza un arco que va de los muelles de Cádiz a las trincheras del asedio de Málaga y de ahí a los barrancos de Tenerife. No es un viaje lineal: es una espiral en la que cada vuelta exige más de los personajes y les devuelve menos. En Málaga, los Galíndez de Ascanio combaten junto al ejército de los Reyes Católicos y ganan nombre de armas. En Tenerife, ese nombre les sirve para reclamar tierra. Pero la tierra en Tenerife no se hereda: se defiende con la vida.
La muerte de Pedro Galíndez en la playa de Fun Saca a los pies de una torre, en la costa de Berbería, es una pieza de relojería bélica que merece figurar en cualquier antología de la ficción histórica en español. Pedro muere como vivió: peleando con tres dientes menos, cubierto de sangre ajena, dando órdenes que nadie oye. Lo que eleva la escena por encima del combate convencional es un objeto: la silla de montar cordobesa con repujados de plata que su hermano le había enviado desde Cádiz. Pedro la ve tirada en la arena, pisoteada por la huida, y ese instante de reconocimiento —un objeto doméstico, de vanidad incluso, abandonado en una playa donde su dueño está a punto de morir— es más elocuente que cualquier grito de guerra. Cuando el mar baña la silla después de la batalla, el lector no necesita que nadie le diga qué significa.
Pedro no es el único que paga el precio. La novela está llena de muertes pequeñas —un grumete de doce años al que apuñalan mientras ata cordeles, un sobrino que muere de fiebres en una isla sin médico, mujeres que saltan al mar antes de dejarse vender— y cada una de ellas tiene nombre y peso. No hay muerte genérica en El Hidalgo de la Montaña Negra. Cada cuerpo que cae ha sido mirado antes por el narrador con la atención que merece alguien que existió.
Tamarco y la misericordia invertida
Si la novela tiene un personaje que trasciende su época para hablarle directamente al lector contemporáneo, ese personaje es Tamarco, el gomero.
Ex-esclavo, hombre libre por gracia de su amo y de un obispo con conciencia, Tamarco es el personaje moralmente más complejo del manuscrito. Lo que hace en la bodega de la Santa Constanza —enseñar a los cautivos guanches a usar el derecho de asilo cristiano contra los propios cristianos, a buscar las campanas y agarrar el altar gritando «bando de paces»— es la escena más potente de toda la novela. No es un acto de rebelión: es un acto de subversión legal. Tamarco no rompe el sistema; lo usa desde dentro, con las mismas herramientas que lo esclavizaron. El verso que le dice a los suyos —«los que llevan espada mienten, pero los que llevan la cruz temen al buen Dios; usad su miedo»— es una frase que resuena quinientos años después de ser pronunciada.
Y Tamarco cierra la novela. No con un gesto heroico sino con uno de pura lealtad: esperando entre los helechos, a distancia. No se acerca. No habla. Solo está ahí. La última imagen humana de la novela es la de un hombre que fue esclavo protegiendo a la familia de su señor, porque eso es lo que ha elegido hacer con su libertad. Es imposible leerlo sin que se te cierre la garganta.
El linaje como método
Lo que distingue a El Hidalgo de la Montaña Negra de otras novelas históricas ambientadas en la conquista de Canarias o en el comercio atlántico del siglo XV es algo que no tiene que ver con la técnica literaria sino con la posición del autor respecto a su materia. Chisco de Ascanio no escribe sobre sus antepasados como un académico ni como un mitificador. Escribe como un heredero que ha abierto el baúl de la familia y ha encontrado dentro cosas que admira y cosas que le avergüenzan, y ha decidido contarlas todas.
Los Galíndez de Ascanio de la novela son armadores que fletan sus barcos para transportar cautivos del Adelantado contados por «piezas», que llevan bastimentos a las campañas del Rosellón, que bloquean la costa del Reino nazarí de Granada por cuenta de los Reyes y que cargan suministros a unas Canarias que aún huelen a pólvora. También son padres que protegen a sus hijos con el cuerpo, hermanos que cruzan el mar para avisar de un peligro, regidores que manipulan cabildos y hombres que ponen en juego su fortuna por una isla que ni siquiera han pisado. El autor no los absuelve ni los condena. Los muestra. Y esa honestidad brutal es lo que le da a la novela su autoridad moral.
Hay un momento en el que Juan Bautista ve a su hijo pequeño acercarse a una niña guanche encadenada en el muelle y preguntarle «¿es mala?». Juan Bautista no sabe qué contestar. La novela tampoco. Deja la pregunta ahí, colgando en el aire salado del puerto, y sigue adelante. Esa contención es la marca de un escritor que confía en su lector.
Cuatro años en archivos. Cuatro años descifrando letra procesal, cruzando ejecutorias de nobleza con actas capitulares, siguiendo el rastro de un anillo con jabalí y encina desde el Labort hasta Cádiz y de Cádiz hasta Tenerife. Lo que Chisco de Ascanio ha hecho no es solo escribir una novela: ha reconstruido un mundo entero a partir de los fragmentos que la historia dejó en los márgenes de los legajos. Y lo ha hecho con la pasión de quien sabe que esos fragmentos son su propia sangre.
La voz
La ficción histórica en español tiene una tradición larga y desigual. En su mejor expresión —Pérez-Reverte cuando acierta, Falcones cuando se contiene, Posteguillo cuando respira— el género produce obras que combinan rigor documental con pulso narrativo. El Hidalgo de la Montaña Negra se inscribe en esa tradición, pero con una diferencia fundamental: su voz no es la del historiador que novela ni la del novelista que investiga. Es la del descendiente que interroga.
La prosa de Chisco de Ascanio es seca, comedida, que mide el mundo en fanegas y maravedíes. No adorna. No declama. Cuenta. Y de pronto, sin aviso, se abre con una imagen que golpea al lector en el estómago: la silla cordobesa en la orilla, los dientes de Pedro como granos de maíz en una mano, la montaña negra llenando el horizonte, Farida con la henna de las hojas secas del huerto todavía en los dedos mientras la suben a un barco que la alejará para siempre de Tisullah. Esas imágenes no se fabrican en un taller literario. Nacen de una mirada que ha aprendido a ver lo que los documentos no dicen.
El Hidalgo de la Montaña Negra no es una novela perfecta. Es una ópera prima, con la generosidad y la ambición de las óperas primas, y con algunos de sus excesos. Pero es una novela necesaria. Necesaria porque cuenta una historia que nadie había contado —la del comercio atlántico gaditano, el asedio de Málaga, la conquista de Tenerife y la expansión castellana en Berbería, todo desde dentro de una familia que lo vivió—, y porque la cuenta con una honestidad que no distingue entre la gloria y la vergüenza de los suyos.
Y es necesaria, sobre todo, por su última escena. [SPOILER] Catalina de pie en un mirador de Anaga, mirando los barrancos de Benijo y la Almáciga que bajan hacia el mar. Detrás de ella, entre los helechos, Tamarco espera sin prisa. La montaña negra llena el horizonte. Y los labios de Catalina apenas se mueven para decir lo que la novela entera ha tardado quinientos años en formular: «Se acabó arar el mar».
Hay novelas que se escriben. Y hay novelas que se deben. Esta se debía.
Artículo crítico · 2026
Hay novelas históricas que se leen por lo que cuentan y otras que, además, merecen leerse por cómo están hechas. El hidalgo de la Montaña Negra pertenece a las segundas. Sigue a la familia Galíndez de Ascanio desde el Cádiz mercantil de finales del siglo XV hasta la conquista de Tenerife, a lo largo de veintiséis años de mar, comercio, guerra y pleitos. Pero bajo la peripecia late una sola idea, sostenida con una coherencia poco común: que en el mundo que nace con los Reyes Católicos el papel acaba pudiendo más que la espada. Los conquistadores ganan islas con la lanza; los letrados se las quedan con la tinta. Esa es la historia, y también es el método con que está escrita.
El protagonista, Juan Bautista de Ascanio, es un hombre de mar que pasa la vida intentando dejar de serlo. La frase que lo persigue —«no se puede arar el mar»— se la oye a su futura mujer, Catalina, en una catedral, y desde ese instante gobierna sus decisiones: buscar tierra firme, fundar un linaje que no dependa de los vaivenes del comercio, cambiar las velas por los campos. La novela es el largo trayecto de una familia de navegantes hacia la propiedad de la tierra. Y su ironía mayor —la que organiza el libro entero— es que al final, la metáfora se cumple como una sentencia: el mar lo barre todo; solo la tierra se recuerda.
Lo que distingue a esta novela es la precisión de su relojería. Objetos, frases y personajes que aparecen al descuido en los primeros capítulos regresan, cien páginas después, convertidos en piezas decisivas. Un astrolabio comprado a un esclavo turco; un anillo con un jabalí grabado que un padre entrega a su hijo antes de una batalla; un legajo de cuentas robado a un hombre que va a morir en la hoguera; un mozo de cuadra al que nadie mira. Ninguno es decorado: todos son armas que el autor carga sin que se note y dispara cuando el lector ya las había olvidado. La más perversa de todas es la del conquistador Alonso de Lugo, que compra el favor del hombre equivocado precisamente para protegerse —y es ese favor el que, años después, lo destruye. El libro está lleno de estas trampas tendidas a largo plazo, y casi todas se cierran con la satisfacción de un mecanismo bien ajustado.
Hay, además, un acierto de mirada que conviene señalar. Bajo la épica de los hombres —las cabalgadas, los asedios, las conquistas— corre la verdadera columna vertebral del libro, que es femenina. Catalina, hija de un mercader poderoso, no es la esposa que espera: es la inteligencia que calcula. Piensa contando —monedas, fletes, riesgos, hijos— y decide el destino de su casa con una aritmética fría que los hombres de su tiempo no le reconocen pero acatan. Junto a ella, la peligrosa Beatriz de Bobadilla, Señora de la Gomera, enuncia la ley del mundo que habitan: las mujeres que están cerca del poder no lo tienen, lo huelen; solo las que poseen algo escrito a su nombre llegan a sentarse a la mesa. El libro es, en buena medida, la historia de unas mujeres que reclaman existir en un registro.
Y entonces, cuando la novela ha terminado, llega su golpe maestro. Un epílogo y un postfacio revelan que todo lo que hemos leído está levantado sobre documentos reales —actas, cédulas, probanzas de testigos— rescatados de archivos por el autor, que es descendiente directo del protagonista. La ficción se descubre como lo que siempre fue: una información de hidalguía, el mismo expediente que un pariente de la familia levantó en 1574 para probar quién era su estirpe, repetido cinco siglos después con las herramientas del novelista. La tesis del libro —que el papel es lo único que sobrevive a un hombre— se cumple en el libro mismo: Juan Bautista de Ascanio existe porque alguien lo escribió en un legajo, y vuelve a existir porque su descendiente lo leyó. La última línea corrige incluso a los historiadores que durante siglos lo dieron por genovés: era, dice el autor con las pruebas en la mano, «un falso genovés». La novela gana, fuera de sus páginas, el pleito que su protagonista no llegó a ver fallado.
Es ahí donde el libro alcanza algo que la mera novela histórica rara vez toca. No estamos ante una reconstrucción de época con personajes inventados, sino ante un acto de recuperación: un hombre buscando a su abuelo en la tinta de los escribanos del siglo XV y devolviéndole, con la imaginación disciplinada por el archivo, la vida que los documentos solo insinúan. Que esa empresa íntima produzca además una novela de mecánica impecable —con su metáfora que mata, su villano que no necesita desenvainar, su reloj de promesas que se cumplen— es lo que la convierte en una lectura doblemente memorable: por la historia que cuenta y por la verdad que, calladamente, demuestra.
El Hidalgo de la Montaña Negra, de Chisco de Ascanio, editado por La Mano Invisible, sale a la venta el 1 de julio de 2026.