Juan Bautista, a quien en la familia llamaban Ascanio, estaba sentado en la vieja silla de nogal que sus hermanos llamaban con sorna "el trono de Masinisa". A sus dieciséis años, ya nadie se atrevía a llamarlo muchacho. Su padre era regidor de Cádiz, pero él aún sin título ni cargo, soñaba con cosas más grandes que ocupar una silla en el cabildo.
En su rincón reposaban un astrolabio desmontado, un cuadrante solar roto que juró reparar sin ayuda y una pila de pergaminos que leía a ratos, recogidos entre saqueos y hallazgos de puerto.
Elvira le sacó de sus cavilaciones moviéndose ligera, sabiéndose observada. Se inclinó sobre la mesa dejando la jarra y permitiendo que le llegara su perfume.
—¿Y las mujeres? —preguntó con una sonrisa.
Juan Bautista no apartó la vista del astrolabio desmontado. Las piezas de latón brillaban a medias junto a dos tomos en piel oscura. Llevaba rato peleándose con aquello.
—También las estudio —replicó al fin, cogiéndole la mano—. Pero contigo confieso que no tengo libro que me ayude.
Elvira rio por lo bajo y le rozó el antebrazo. Ascanio intentó pellizcarle la muñeca, pero ella se zafó con habilidad.
—Entonces aprended por práctica, mi señor.
El almacén bullía a su alrededor con ruido de sacos, voces y un mozo jurando por los clavos de Cristo porque se le había roto una eslinga, pero Ascanio parecía estar en otro lugar.
Elvira notó el cambio: los ojos de Juan dejaron de seguirla.
Entre la gente apareció Esteban, uno de los hombres de su padre, el viejo Pedro Galíndez. Traía la capa mojada y sal en la barba. En cuanto le vio fue directo a él.
—Pax et bonum, mi señor Juan Bautista. —Su voz sonó grave—. Veo que seguís cultivando tanto el espíritu como la carne.
Ascanio soltó una carcajada breve. Esteban pasó los dedos por el lomo de uno de los libros y señaló el astrolabio como si fuera un tesoro caro.
—Un día el chantre o el deán llamarán a vuestra puerta, y entonces no habrá mujer en Cádiz que pueda salvaros.
Elvira levantó una ceja. Esteban hizo ademán de hurgar en la faldriquera y se inclinó exageradamente.
—Mensaje de su excelencia el Rey de Tremecén.
Se acercó a Ascanio y le susurró al oído. El joven apenas parpadeó antes de esbozar media sonrisa.
—¿Dónde están ahora? —preguntó mirando a Esteban, no a Elvira.
—En la Isla de León. En cuarentena. Dentro de tres días los traen a Cádiz para tasación y venta.
Ascanio se quedó un instante quieto.
—Quiero verlo antes de que se cierre ningún trato.
Esteban bajó la barbilla satisfecho.
—Eso mismo esperaba que dijeras.
Sin pedir permiso, tomó el vaso de Ascanio con la confianza de los viejos sirvientes que se saben parte de la familia, y bebió antes de volver a perderse entre el gentío.
Elvira había observado la escena desde la penumbra, con la jarra vacía.
—¿Y bien? —preguntó.
—Mi padre manda decir que los barcos de Antón Bernal y Fernández Cabrónhan regresado de Berbería con la bodega llena de esclavos.
Elvira inclinó la cabeza, pegándose a Juan más de lo normal, acostumbrada a escucharle contar historias.
—"Hallaron una torre mal defendida cerca de Mostaganem" —repitió Ascanio en voz baja—. "Traen cuarenta y siete prisioneros valiosos. Entre ellos un anciano turco al que llaman el astrólogo."
Elvira abrió los ojos, alarmada.
—¿Astrólogo?
Ascanio tocó el latón del instrumento.
—Eso dicen. Si ese hombre sabe leer estrellas y arreglar esto —golpeó la pieza atascada del astrolabio—, Antón no podrá negarse a llevarme en el próximo viaje.
Elvira lo miró a los ojos. Ascanio ya no la miraba. Miraba la bocana del puerto.
—Esta vez no me quedo en el muelle. Esta vez embarco.
Elvira soltó el aire, con la experiencia de quien se sabe vencida.
—Siempre estás pensando en el mañana.
Ascanio alzó la vista y la miró de verdad.
—Porque quiero que mañana sea mejor que hoy.
Juan Bautista salió del muelle con la mirada fija en el horizonte. El viento, esa vez, le pareció traer consigo algo más que brea y sal.
Tomó el camino que bordeaba el muelle largo y, dejando atrás las redes secándose como pieles de serpiente al sol, giró hacia el sur, en dirección a la almadraba de Hércules. Las gaviotas se alborotaban sobre los restos de pescado, y el rumor de los martillos le llegó antes que la visión de la torre.
El edificio se alzaba como un muñón mal cicatrizado en medio del llano, su silueta recortada contra el azul del cielo. Era una torre vigía antigua, medio derruida por alguna tormenta o abandono, pero ahora con los andamios floreciendo a su alrededor como costillas de madera. Trabajaban allí hombres de toda calaña: algunos con jubones raídos y sandalias de esparto, otros con los torsos al aire, cueros curtidos por el sol. Los capataces con su vara al cinto compartían órdenes con hombres libres y esclavos indistinguibles salvo por la marca en el brazo o el collar de hierro que algunos aún conservaban.
Uno de los obreros, un negro de espaldas anchas, sostenía sobre los hombros una viga mientras otro, más joven, clavaba refuerzos en una esquina del muro. Ambos resoplaban al mismo ritmo, sin que mediara látigo ni grito. Un capataz de barba entrecana anotaba nombres y jornales en una tablilla, consultando a un escribiente que iba tachando y sumando con paciencia.
Se detuvo un momento a mirar y su mente se fue a la conversación con su hermano Pedro.
"Algo tienen las torres, que últimamente me salen al encuentro", había mascullado Pedro con fastidio. Su hermano, siempre práctico, siempre anclado a la tierra y al acero. Lo veía de nuevo, en la sombra del toldo, con el ceño fruncido, afilando una hoja corta, sin levantar la vista cuando se le acercó.
"¿Quieres comprar un esclavo que lee estrellas? ¿Acaso los pergaminos te han hecho perder el juicio?"
No, no el juicio, pensó Juan Bautista mientras pateaba una piedra del camino. La paciencia, quizás.
"¿Embarcar? ¿Tú, que siempre andas con tus pergaminos?"
—Sí —había respondido, volcando en esa sílaba años de frustración observando desde el muelle.
Se detuvo un instante para mirar la torre de nuevo.
Vio a un aprendiz, no mucho más joven que él, compartir una bota de agua con un carpintero jerezano junto a la torre. El carpintero le enseñaba a usar la garlopa. Aquella escena se le clavó en el pecho. Eso era lo que él quería. Aprender. No solo de los libros, sino de las manos de quienes sabían el oficio.
Pedro, agobiado con el embarque, se había rendido finalmente quitándoselo de encima.
—No pagues más de trece doblas. Pero si es sólo un charlatán que quiere evitar el cepo, no volverás a navegar con nosotros en mucho tiempo.
Juan Bautista sonrió. Trece doblas. Barato para algunos, o caro para pagar su vergüenza si fallaba.
Ascanio cruzó la pasarela de tablas dejando atrás la torre y sus martillazos. Allí, en la marisma, todo olía a yodo y a miedo: telas húmedas, especias pasadas, cuerpos demasiado juntos. Un alguacil cabeceó al verlo; otros dos dormitaban bajo una pérgola robada a alguna taberna. A un lado, el escribano de turno, con el bonete torcido, raspaba nombres en una tabla que crujía.
—Nombre. Casa. Razón —gruñó, sin alzar la vista. Sujetaba un lienzo contra su boca.
La palabra peste flotaba allí como una mosca. Nadie la decía sin santiguarse. Ascanio la había oído una vez en una taberna en boca de un veneciano, entre vino y dientes rotos: trenta giorni, había dicho, y luego se había reído como quien cuenta muertos. Treinta días esperando; y si alguien tosía, otros treinta mas. Lazareto veccio, lo llamaban. Un lugar donde dejar la carga unos días para limpiar las miasmas que contagiaban aquella maldita peste. Ascanio no supo entonces si aquello lo hacían por sabiduría o por superstición. Quizá era una mezcla de disciplina envuelta en terror.
Se abrió paso entre cofres y sogas, entre odres y pieles, hasta el corro de cautivos.
El lugar zumbaba como una colmena cansada. Negros de Guinea, moriscos de mirada dura e isleños de pelo revuelto componían un compendio de desgracias bajo el sol inclemente de la marisma, donde cada sombra era un lujo. La mayoría habían sido capturados en la mar, pasajeros desgraciados en alguna carraca portuguesa o en alguna de las cabalgadas que las naves de Cadiz hacían de continuo en la costa de Berberíao de alguna de las islas de Canaria.
De pronto estalló el revuelo: un moro corpulento intentó arrebatar un mendrugo a un niño que lloriqueaba, pero no llegó a tocarlo. Una mano fibrosa le cerró la muñeca apretando sin necesidad de golpes. El pan cayó y el moro gimió.
El que lo sujetaba era un joven encadenado de piel tostada que se plantó entre el agresor y el niño con una calma que imponía más que una daga desenvainada. Había bastado un poco de presión, los pies bien plantados y los ojos fijos hasta que el otro cedió.
Ascanio se acercó hacia él.
—¿Buscáis algo, mi joven señor?
El tratante apareció a su lado limpiándose los dientes con una astilla, indiferente al chiquillo y al hambre ajena. Ascanio señaló al joven.
—Ese. ¿Navega?
—Vino en barco, si os sirve. Es gomero. Duro como la piedra, mordió a un alguacil en Lanzarote. Si los queréis con brazos fuertes tengo Mandingos mejores, los isleños son peleones.
Ascanio lo ignoró y siguió buscando con la mirada.
—Vengo por el viejo que capturaron los hombres de Bernal. El que lee las estrellas.
El tratante señaló una esquina donde un anciano enjuto trazaba líneas en el polvo del suelo con una rama, ajeno al ruido.
—Ese. Pero os aviso: tose mucho y no pasa el invierno. Tiraréis el dinero.
Ascanio sacó el astrolabio dañado de la bolsa y se acercó al viejo sin decir palabra. Se lo puso en las manos.
El metal brilló al sol.
El anciano dejó la rama. Sus dedos —delgados, manchados de edad— palparon el limbo y la alidada atascada. Giró el eje central y encajó la placa de la madre. Entonces sonó un clic suave, perfecto, y la aguja volvió a girar libre.
El viejo alzó la vista. Sus ojos sonreían como si acabara de hacer una travesura. Extendió su mano y le devolvió el astrolabio.
Ascanio sonrió. Funcionaba.
—¿Cuánto pedís por el viejo? —preguntó, volviéndose al tratante.
—Doce doblas. Por las letras.
—Te doy diez.
El tratante dudó lo justo para que pareciera un regateo.
—Trato.
Ascanio iba a cerrar, pero notó la mirada del gomero clavada en él, limpia, sin súplica. Dudó un instante, y luego añadió.
—Y el gomero también. Con suerte no se marea a bordo.
El tratante alzó las cejas.
—Ése vale dieciséis. Es entero.
—Doce —cortó Ascanio—. Y te libras del problema de que muerda a otro alguacil.
El hombre escupió en su mano y se la tendió.
—Tuyos son. Veintidós por el viejo y el salvaje. Tú sabrás lo que haces con esa mezcla.
El escribano carraspeó, sin levantarse.
—Sin mandamiento o señal del veedor, esos cautivos no cruzan la pasarela.
Ascanio no alzó la voz. Ni le tembló el gesto.
—Decidle al veedor que esto cautivos son para casa de Pedro Galíndez, regidor. Y apuntadlo.
Dejó una blanca sobre la tabla. La moneda sonó poco, pero sonó como una llave.
El escribano apretó los labios, escribió, e hizo un gesto con la mano.
Ascanio se guardó el astrolabio ya vivo dentro del jubóny sonrió. Había venido buscando a alguien para mirar el cielo y se llevaba, además, a alguien capaz de protegerle en tierra.
Se giró hacia el gomero.
—Vigílalo —dijo—. Y que no le quiten el pan.
No necesitó repetirlo. El joven movió la cabeza una sola vez.
Cuando el sol empezó a caer sobre las salinas, Ascanio emprendió el regreso por la lengua de tierra. A lo lejos, Cádiz se alzaba como un puño de piedra sobre el mar: murallas viejas, torre de la Catedral, tejados encalados como escamas. En la bahía dormían galeras, carracas, urcas y fustas; entre ellas distinguió las naves de su casa, castillos de popa erguidos como coronas. La Neves, la Santa Constanza, y la Resiana, la favorita de su hermano Antón.
Y aun así, al mirarlas, sintió que le faltaban otras. Las que su padre había encargado en Moguer.
Moguer no estaba lejos de Cádiz. Ocupaba un lugar privilegiado en el último aliento navegable del río Tinto, entre las marismas bajas y los olivares altos. Su ría, caprichosa y cenagosa, requería paciencia y conocimiento: solo los locales sabían cuándo esperar la marea para entrar con velas vivas o cuándo convenía echar anclas y rezar. Las naves no llegaban aquí por casualidad.
Era una barca latina, vieja pero ágil, de las que bajan de Cádiz a Sanlúcar con vino nuevo y suben con sal del puerto. La llamaban la Catalina, y bastaban dos hombres para llevarla con buen viento por la costa del Coto. El trayecto podía hacerse en dos días si el levante no se volvía traidory las mareas acompañaban; en tres si había que fondear al resguardo del Odielo esperar la pleamar en la barra. A caballo, el viaje era más largo, incierto y fatigoso, sobre todo para un hombre como Pedro Galíndez, que arrastraba ya la edad y las piernas.
Los hermanos Medel, maestros carpinteros de los de riberalos esperaban bajo el alero del cobertizo, con la ropa de trabajo sobre el sayo y las manos aún olorosas a brea y madera cortada.
Pedro Galíndez se detuvo un instante para santiguarse y alzó una mano a modo de saludo. Se plantó bajo el alero del cobertizo, la pierna vendada escondida lo justo, y miró a los hermanos Medel como se mira una quilla nueva: buscando fallas.
—Traigo dos encargos —dijo, e hizo una seña a su fiel Toribio.
El maese abrió la bolsa de cuero y sacó el rollo de cera sellada.
—Una nao de veinte codos de quilla. Pino de veta firme para costado y quilla. Que no se abombe ni aunque la mandéis al estrecho del infierno. —Hizo una pausa, breve, para que se entendiera el precio del capricho—. Y además, un navío de veinticuatro gozas, de alcornoque curtido, con castillete a popa, posaverga alta y refuerzos por debajo del árbol.
El menor de los Medel resopló y el mayor se acarició la barba.
—Mi señor... saber, sabemos. Pero sacar dos naves así, seguías... —miró hacia los montes—. No es por falta de carpinteros, que los hay. Es falta de licencia y de madera libre. El duque anda sentío con lo que no se arma en Huelva.
—¿Celoso? —Pedro sonrió sin alegría.
—Si huele que sacáis madera para una flota que no bendice él, nos cierra los montes y embarga los carros. Y si ve que cargáis hacia el sur, peor.
Pedro se limitó a inclinar la frente.
—Por eso la tercera nave la haré en Faro, con Diogo de Tavira. Pero estas dos las quiero aquí. —Se acercó un paso—. Y si hay que sobornar al oficial del duque para que cierre los ojos y os libre la madera necesaria, decidme cuánto. Lo añado al precio de la nao.
Toribio murmuró algo sobre el Atlántico, pero Pedro lo cortó con un gesto: venían a cerrar el trato.
Su hijo Antón, que hasta entonces había callado, dio un paso al frente con orgullo impaciente.
—Reforzad los palos, si es posible. Las carabelas de Sanlúcar no aguantan cuando forzamos vela en ceñida.
El maestro Medel esbozó una sonrisa.
—Muchacho, el palo se refuerza lo justo. O lo quiebras tú o te lo quiebra el mar.
—Entiendo —dijo Antón—. Pero si se puede, que los vientos me rompan a mí, no al mástil.
Pedro hizo un gesto de padre que ve al hijo asomar por donde duele.
—Aprende rápido. Aunque no siempre escucha.
El maestro hizo un gesto a su hermano, que ya tomaba medidas con los ojos.
—Lo haremos con manga ancha y popa robusta. Las palmas ya están apartadas para la quilla y las cuadernas. Vosotros traed el dinero, y nosotros pondremos las artes. ¿Plazo?
—Tres meses. Y pago por jornal. Como es costumbre —dijo Pedro—. Y sin preguntas de más.
—¿Sin preguntas?
Pedro se acercó un paso y bajó la voz.
—Vendrán más encargos si la lengua no se os suelta. No quiero que en las tabernas los indiscretos digan que los Galíndez alzan flota. No aún.
Los hermanos asintieron. El acuerdo estaba hecho.
Cuando por fin quedaron solos, bajo el ruido de las hachas, Antón caminó detrás de su padre sin abrir la boca.
—Padre... —dijo al cabo—. Cuando esa carabela toque agua... dejadme llevarla.
Pedro no se volvió.
—Te la daré. Para que nadie diga que mandas lo que no sabes hacer.
Antón tragó saliva y añadió con un hilo de voz:
—Y para probarla. No con viento manso. La forzaré en ceñida. Quiero saber dónde cruje antes de que crujamos nosotros.
Pedro se detuvo un instante mirando las quillas y el río al fondo.
—Si has de forzarla, hazlo con cabeza. El mar y la madera perdonan poco.
Antón no añadió nada.
La luz del mediodía entraba por los postigos del salón de acuerdos y dibujaba franjas doradas sobre la mesa de roble, donde once hombres apoyaban los codos marcando su estatus.
El corregidor, don Álvaro de Ledesma, sostuvo la carta con dos dedos, con aprensión. En el cinto le tintinearon las llaves del mayordomo: el único sonido metálico de unas arcas vacías.
—Tenemos recibida merced de la Corte —dijo sin mirar a nadie—. Y oferta de mícer Niccolo de Espínola, aquí presente, para empedrar la calle de la Mar y armar dos fustas a cambio de ocupar el asiento vacante de Buitrón y sentarse como regidor en este cabildo.
Espínola estaba de pie, sombrero en mano y sonrisa de hombre que sabía cobrar intereses. A su espalda, Mateo Viña, de barba recortada y ojos fríos, escuchaba inmóvil.
—La ciudad necesita sangre nueva —añadió el corregidor repitiendo una fórmula habitual.
Pedro Galíndez golpeó el suelo con el bastón.
—Huelo a oro genovés queriendo comprar su entrada en el Regimiento.
Espínola abrió la boca para protestar.
—Don Pedro, llevo años en Castilla. Mis naves escoltan las vuestras cuando hay corsarios en el Estrecho, y mi dinero empedra calles que vuestras arcas no pueden pagar. Pido un asiento, no un favor.
—Y en Génova lleváis media vida —lo cortó Antón Bernal con la calma del que manda. Sin gritar, miró a uno de los jurados y este bajó la vista—. Cádiz no es cualquier lonja. Aquí no se subastan las varas del regimiento.
Ramón de Estopiñán se levantó despacio. Llevaba polvo de caballo en el jubón. Señaló el crucifijo de hierro de la pared y luego la funda de cuero que guardaba el fuero de la ciudad, el mismo que el rey sabio había traído desde Toledocuando conquistó la ciudad.
—La ordenanza de Cádiz es clara: el oficio sólo pasa a hijo o yerno del regidor. Hombres que puedan defender la muralla con espada, no con letras de cambio.
Viña sonrió apenas, como quien anota una cifra.
—Pero yo traigo merced real, firmada por el Consejo, no por un escribano del número ¿También la rechazáis? —insistió Espínola.
Bernal puso ambas manos sobre el respaldo del banco. Pedro dio un golpe de bastón.
—Y nosotros tenemos el derecho de aceptarla o no, como previenen nuestros fueros. —Se volvió hacia el corregidor—. Que se vote. Que conste la voluntad del regimiento.
Tras un silencio de dientes apretados llegó la votación. Fue un cierre de filas unánime. La ciudad dijo no.
Espínola salió del cabildo rojo con la carta arrugada en el puño. Viña lo siguió sin prisa.
Ya en el umbral, Espínola se volvió furioso.
—Dijisteis que estaba fatto. Dinero en la Corte, dinero aquí, meses, cartas... ¿y per che? ¿Per niente?
Viña no miró atrás y su voz sonó tajante.
—Que se queden con sus bancos de madera. La próxima vez que un genovese entre ahí será por la puerta de sus hijas. Senza permesso.
Espínola se quedó clavado.
—Para mí no habrá próxima vez.
—La habrá Niccolo. Siempre la hay.
Dentro, el corregidor carraspeó y golpeó la mesa con la maza intentando poner orden.
—Volvamos a las rentas de la ciudad.
Alguien soltó un chiste sobre el vino del deán, que entraba por la puerta del Mar en carretas sin registro y no pagaba un maravedí de alcabala. Las risas fueron cortas. Todos sabían que el deán no era el único en reclamar la franquicia: medio convento de la Merced y dos canónigos hacían lo mismo, y lo que no era vino era aceite, o harina, o lo que cupiese en un tonel bendecido. La ciudad se desangraba por las exenciones de la Iglesia y nadie podía clavarle un impuesto a una sotana.
Argumedo, el de las cuentas, pidió la palabra.
—Las últimas lluvias han reventado el empedrado de la calle de la Salina y del Espíritu Santo. El agua entra en las casas y los vecinos reclaman. —Hizo una pausa y miró la puerta por donde había salido Espínola—. Acabamos de rechazar al hombre que se ofrecía a pagar esas obras.
Estopiñán le cortó en seco.
—Acabamos de rechazar a un genovés que quería comprar un asiento. No es lo mismo.
—¿Con qué maravedíes las haremos entonces? —dijo Argumedo—. Las rentas de propios dan para lo que dan.
El corregidor miró primero a Bernal y luego al resto.
—Se dice que el Conde de Arcos podría ayudar. Tiene cuadrillas y bolsa, y hace años que pretende Cádiz.
El silencio fue espeso. Estopiñán se incorporó como si le hubieran tocado una herida vieja.
—¿El Conde? —Miró a Bernal y luego al corregidor—. Le decimos que no al genovés, que solo quería ese asiento de ahí, y le abrimos la puerta al Conde, que quiere la ciudad entera. ¿Es esa la lógica de este Cabildo?
Nadie contestó. El corregidor miró a Bernal. Dos jurados miraron a la mesa.
Bernal dejó pasar el silencio el tiempo justo y apoyó el mentón en los dedos.
—Si se le pide al Conde, que sea por escrito, con lenguaje firme y sin reverencias. Cádiz doblará la cabeza por la lluvia, pero no nos pondremos de rodillas.
No hizo falta más. El escribano mojó la pluma. El acuerdo salió: preparar la comisión, enviar el memorial para Arcos con copia al Consejo.
Estopiñán no votó. Se quedó mirando a Bernal sin decir palabra, con el gesto endurecido.
Cuando el salón se vaciaba, Estopiñán se acercó a Pedro Galíndez.
—Pedro, dime que ves lo que yo veo.
Pedro apoyó las manos en el bastón.
—¿Qué quieres que vea?
—Que Bernal ha tumbado a Espínola y un cuarto de hora después le abre la puerta al Conde. ¿Quién crees que ha puesto el nombre de Arcos en la boca del corregidor?
Pedro no contestó enseguida. Miró hacia la mesa donde Bernal recogía sus guantes sin prisa.
—Bernal dice que no nos pondremos de rodillas.
—Bernal ya se ha puesto. Solo que de rodillas no se le ve, porque está detrás del corregidor.
Pedro le sostuvo la mirada.
—La última vez que alguien de fuera metió la mano en esta ciudad nos partió en dos, Ramón. ¿Recuerdas cómo ardían las lealtades en esta bahía cuando la Beltraneja y la Princesa?
—Por eso lo digo, Pedro. Entonces elegimos mal y tardamos años en pagar. Si Arcos entra en Cádiz, no sale.
Pedro miró la hornacina vacía de la pared.
—Nosotros miramos al mar, Ramón. Allí está la salida, no entre estos muros.
—Te equivocas, Pedro. Si solo miras al agua, la tierra se te come la casa.
Pedro abrió la puerta y salió sin añadir nada más.
El puerto hervía con la actividad del mediodía. Las grúas de madera rechinaban bajo el peso de las barricas de vino de Jerez y los sacos de grano de Sevilla, apilados entre fardos de paños flamencos cubiertos con lonas enceradas. El sol arrancaba el sudor a los hombres que trabajaban descalzos sobre las tablas húmedas de vino y sal. Esclavos y jornaleros faenaban codo a codo, diferenciados apenas por una marca, una cadena o la mirada. Entre los fardos se mezclaban voces en castellano, portugués y genovés con el tintineo de las cadenas.
Antón se movía por la cubierta como si la nave formara parte de sus manos. Dirigía por instinto, midiendo cabos y escuchando la madera crujir. Para Antón, el océano era un lienzo inmenso donde poner a prueba los límites de las naves. Los Galíndez tenían experimentados capitanes que se encargaban del grueso de la flota, pero les gustaba embarcarse y dirigir las maniobras, sintiendo el pulso de cada viaje en sus propias manos
Pedro subió entre la gente sin prisa, seguro de su sitio.
—¿Cómo os fue en Moguer, hermano? ¿Tendremos naves nuevas para la primavera?
Antón sonrió con orgullo.
—Todo está en marcha. Padre ha apretado a los Medel y ya suenan las hachas y azuelas sobre las nuevas quillas. Tres naos nuevas. Antes del invierno igualaremos en naves a Bernal.
Pedro siguió la mirada de su hermano hacia la bocana.
—Más te vale. Ya sabes que Bernal no se queda quieto.
Antón tiró de un cabo hasta dejarlo tenso.
—Ya corre la voz de que las rutas son suyas y de que todo lo que va a Lisboa le pertenece.
Pedro bufó y escupió por la borda.
—Querer es lo de menos. Lo que tiene es la mitad de los alguaciles del puerto comiendo de su mano. Si Bernal zarpa primero a Lisboa, los genoveses le fían a él y a nosotros nos venden las sobras.
Se oyó un grito en el muelle. Antón miró de reojo hacia la pasarela y vio unos hombres de Bernal cargando bizcocho en sus naves.
—Fátima estuvo hoy en el mercadoy se cruzó con una esclava de Bernal. Dicen que en dos días sus hombres ya no comerán en casa. Ya sabes lo que significa. Están a punto de zarpar.
Pedro cerró los ojos un instante tomando una decisión.
—Entonces cargamos de noche y zarpamos con la marea de antes del alba. Que se enteren cuando ya no nos vean.
Antón iba a responder cuando vio a su hermano Juan Bautista cruzar el muelle con paso firme y una bolsa de cuero al costado. Tras él caminaba un anciano encadenado, delgado como un palo seco pero con la mirada alta, y detrás un joven gomero con cadenas en los tobillos y el paso largo.
La imagen le recordó la primera vez que subió junto a su padre a aquella cubierta, con el mar metido en los ojos y la misma mirada. Sonrió.
Juan Bautista pisó la pasarela aceptando el balanceo bajo las botas como su lugar natural. Llevaba una mano apretada contra el jubón, donde algo abultaba bajo la tela.
—¿Vienes a leer libros en cubierta, Juan? —dijo Antón con burla y una punta de afecto.
—Vengo a embarcarme con vosotros.
Pedro, junto al palo mayor, soltó un bufido.
—El mar no necesita pasajeros. Y menos los que han visto más pergamino que cubiertas.
—Vengo a aprender y a ayudar, no a pasear.
Antón alzó una ceja.
—¿Ayudar en qué?
Juan miró hacia la bocana, hacia el mar abierto, y luego clavó la vista en su hermano.
—En lo mismo que hacen los portugueses: llegar antes y más lejos.
Pedro se detuvo.
—Los portugueses tienen al infante y su bolsa. Nosotros tenemos lo que nos ganamos con las manos. No es lo mismo.
—Los portugueses se forjan su propia ventura. Llegamos tarde a Azamor—dijo Juan, recordándoles la vergüenza—. Y volveremos a llegar tarde si seguimos navegando por costumbre.
Pedro apretó el cabo entre los dedos.
—Azamor fue mala mar.
—Fue falta de ciencia —insistió Juan—. Hace años que ellos doblan Bojadory cada año se atreven un poco más. Nosotros seguimos rondando Arcila como si ahí se acabara el mundo.
Antón se apoyó en un tonel.
—¿Y tú qué sabes del mar? ¿Lo que has leído en los libros del canónigo?
Juan se giró hacia el anciano encadenado sin ofenderse.
—Este hombre sabe leer las estrellas. Si sus manos sirven para lo que dicen, y si tú sabes llevar el timón como presumes, podemos trazar rutas usando la cabeza y no solo los rezos.
Antón subió las cejas..
—¿Un moro enseñándonos a navegar? ¿Crees que el viento le obedecerá?
Juan dio un paso ofreciendo un pacto.
—Creo que el viento obedece al que sabe hacia dónde sopla. Dejadme probar. Si fallo, vuelvo a tierra y no os molesto más.
Se hizo el silencio. En cubierta los hombres siguieron trabajando sin mirar, pero escuchaban; en un barco siempre se oye lo que importa.
Antón tardó un instante en ceder.
—Está bien. Pero no vienes de pasaje, trabajarás como uno más. Y tú respondes por el turco. Si solivianta a la tripulación o mete la pata lo tiro por la borda. Y a ti detrás.
Juan Bautista movió la cabeza.
—Me hago cargo.
