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El astrolabio y las estrellas: navegar en el siglo XV

Un marinero castellano de mediados del siglo XV que se adentrara en el Atlántico más allá de las columnas de Hércules navegaba, en sentido literal, a ciegas. No había cartas fiables del océano abierto, ni faros más allá de la costa, ni forma precisa de saber dónde se encontraba salvo por la experiencia acumulada de generaciones de pilotos y por un puñado de instrumentos que, para ojos modernos, parecen rudimentarios. Y sin embargo, con esas herramientas se descubrieron archipiélagos, se cruzaron océanos y se trazaron las rutas que conectaron el mundo.

Navegar a estima: el arte de la aproximación

El método más antiguo y más usado era la navegación a estima — lo que los ingleses llaman dead reckoning. Consistía en calcular la posición del barco a partir de tres variables: la dirección (dada por la brújula), la velocidad (estimada por la experiencia del piloto al observar la espuma y las corrientes) y el tiempo transcurrido (medido con ampolletas de arena). Con esos tres datos, el piloto marcaba sobre una carta la posición aproximada del navío.

El problema era evidente: cada error se acumulaba sobre el anterior. Tras varios días de navegación, la posición estimada podía diferir considerablemente de la real. En el Mediterráneo, donde las distancias eran cortas y los puntos de referencia costeros abundantes, el sistema funcionaba razonablemente bien. En el Atlántico abierto, podía ser la diferencia entre encontrar una isla y perderse en el vacío.

El cielo como mapa: navegación astronómica

La alternativa era mirar hacia arriba. La navegación astronómica permitía determinar la latitud — la posición norte-sur — midiendo la altura de ciertos astros sobre el horizonte. El más útil en el hemisferio norte era la Estrella Polar, cuya altura sobre el horizonte coincide aproximadamente con la latitud del observador. Un piloto que midiera la Polar a 28 grados sabía que se encontraba, más o menos, a la altura de las Canarias.

La Estrella Polar no está exactamente en el polo celeste, sino que describe un pequeño círculo a su alrededor. Los pilotos más experimentados aplicaban correcciones basadas en la posición de las «guardas» — las estrellas Beta y Gamma de la Osa Menor — para compensar este desfase.

Cuando la Polar no era visible — por nubes, por bruma o porque el navío se encontraba demasiado al sur —, los pilotos recurrían al Sol. Medir la altura máxima del Sol al mediodía y cruzarla con tablas de declinación solar permitía calcular la latitud con razonable precisión. Pero este método requería tablas actualizadas y correctas, y aquí es donde entraba la ciencia.

Los instrumentos: astrolabio, cuadrante y ballestilla

Para medir la altura de un astro sobre el horizonte, los navegantes del siglo XV disponían de varios instrumentos. El astrolabio náutico era una versión simplificada del astrolabio astronómico islámico: un disco de latón con una alidada giratoria que se alineaba con el astro y permitía leer el ángulo en una escala graduada. En un barco que se balanceaba, su uso requería destreza y paciencia.

El cuadrante náutico, un cuarto de círculo con una plomada, servía para el mismo propósito pero era más sencillo y barato. La ballestilla o báculo de Jacob — una vara graduada con un travesaño deslizante — permitía medir la distancia angular entre dos puntos, típicamente entre el horizonte y un astro. Era más fácil de usar en cubierta que el astrolabio, y acabó convirtiéndose en el instrumento preferido de los pilotos atlánticos.

La herencia islámica: tablas, cálculos y saber capturado

Ninguno de estos instrumentos ni las tablas que los acompañaban habría existido sin la astronomía islámica. Las Tablas Alfonsíes, compiladas en Toledo bajo Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, se basaban directamente en el trabajo de astrónomos como al-Battānī y al-Zarqālī. Las tablas de declinación solar que usaban los pilotos portugueses y castellanos del siglo XV descendían de esa misma tradición.

La transferencia de conocimiento no siempre fue académica. En un mundo de guerra permanente entre Castilla y las costas de Berbería, el saber navegaba también como botín. Cautivos musulmanes con formación astronómica podían acabar enseñando a sus captores los mismos cálculos que habían aprendido en las madrasas del Magreb. Al-Hakam, con su conocimiento de las estrellas y las corrientes, representaba esa paradoja: el enemigo convertido en maestro, el prisionero que valía más por lo que sabía que por su rescate.

Mediterráneo y Atlántico: dos mundos de navegación

Conviene no confundir ambos escenarios. La navegación mediterránea era costera, apoyada en portulanos — cartas detalladas con rumbos y distancias entre puertos — y en el conocimiento íntimo de cabos, ensenadas y corrientes. Un piloto podía navegar de Cádiz a Orán sin perder de vista la costa más de unas horas.

El Atlántico exigía otra mentalidad. Las distancias se contaban en semanas, no en jornadas. La costa desaparecía y con ella toda referencia visual. Solo quedaban el cielo, el compás y la estima del piloto. Hombres como Juan Bautista de Ascanio, formados en la tradición marinera gaditana, aprendieron a moverse entre ambos mundos: el Mediterráneo cercano y el Atlántico abierto, el portulano y el astrolabio, la costa conocida y el horizonte vacío.

«El buen piloto no es el que sabe mucha astrología, sino el que con poca sabe mucho navegar.»

Esa sentencia, atribuida a los pilotos de la Carrera de Indias, resume una verdad que el siglo XV conocía bien: la ciencia proporcionaba herramientas, pero la supervivencia en el mar dependía, al final, del juicio y la experiencia de quien las manejaba.

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