evento-historico · 1402-1496
La conquista de Canarias: cruz, torre y deuda
Antes de que las carabelas cruzaran el Atlántico, Castilla ensayó su modelo de expansión ultramarina en un archipiélago que los europeos conocían desde la Antigüedad pero que nadie había logrado someter del todo. La conquista de Canarias, prolongada durante casi un siglo, no fue una operación militar limpia ni un acto de soberanía unilateral: fue un proceso donde se probaron las fórmulas jurídicas, financieras y militares que, con variaciones, reaparecerían en la expansión americana.
Dos fases, dos modelos
La primera fase fue de iniciativa señorial. En 1402, el normando Jean de Béthencourt, vasallo de Enrique III de Castilla, desembarcó en Lanzarote con un puñado de hombres y la bendición papal. Entre esa fecha y mediados del siglo XV, Béthencourt y sus sucesores —entre ellos los Peraza— sometieron las islas orientales: Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera. Eran islas menos pobladas, con sociedades aborígenes fragmentadas, y la conquista pudo hacerse con recursos privados modestos. El modelo era el del señorío: el conquistador recibía la jurisdicción sobre la tierra y sus habitantes a cambio de prestar homenaje a la Corona.
Beatriz de Bobadilla, señora de La Gomera por matrimonio con Hernán Peraza y después viuda y gobernadora efectiva de la isla, encarna la conexión entre ambas fases. Su isla, de conquista señorial, sirvió como escala logística para la conquista realenga de las islas mayores y, después, para los viajes colombinos. La Gomera era un señorío privado que funcionaba como base de operaciones de la expansión atlántica de la Corona. Y Bobadilla no fue solo escenario: tanto ella como su suegra, Inés Peraza, aportaron dinero para financiar las campañas de Alonso Fernández de Lugo, que quedó endeudado con ambas.
La segunda fase, la conquista realenga, fue otra cosa. Gran Canaria, La Palma y Tenerife eran islas grandes, montañosas, densamente pobladas por sociedades aborígenes organizadas en menceyatos y guanartematos con estructuras políticas complejas. Aquí los Reyes Católicos no cedieron la jurisdicción a un señor: las islas serían de la Corona. Pero eso no significaba que la Corona pagase la conquista. El mecanismo era la capitulación: un contrato por el cual los Reyes otorgaban al conquistador plazos, títulos y derechos sobre tierras y rentas a cambio de que él asumiera el coste de la empresa militar. El capitán debía encontrar su propia financiación — y la encontraba donde podía: en banqueros y mercaderes italianos establecidos en Sevilla y Cádiz, en señores de las islas ya conquistadas, y hasta en clérigos ambiciosos.
En la novela, este mecanismo se muestra en detalle: Lugo negocia sus capitulaciones primero para La Palma y después para Tenerife, y busca el capital que necesita en figuras como el florentino Gianotto Berardi, el genovés Francisco de Riberol o, más adelante, Francisco Palomar y Mateo Viña. Inés Peraza y Beatriz de Bobadilla aportan fondos desde La Gomera. Incluso Nicolás Angelate, un clérigo mallorquín cuya ambición era ser nombrado deán en la catedral de Mallorca, invierte dinero en la empresa. La conquista de Canarias no fue un acto de Estado: fue un negocio en el que cada participante esperaba cobrar su parte.
La resistencia guanche
Reducir a los aborígenes canarios no fue sencillo. En Gran Canaria, la resistencia duró cinco años (1478–1483) y solo terminó cuando Tenesor Semidán, el último soberano canario, fue capturado y aceptó el bautismo, eligiendo el nombre cristiano de Fernando de Guanarteme. En Tenerife, la conquista fue aún más sangrienta. Alonso Fernández de Lugo, el adelantado que dirigió la campaña, sufrió en 1494 una derrota catastrófica en la primera batalla de Acentejo, donde los guerreros guanches del mencey Bencomo y sus aliados destrozaron a las tropas castellanas en un barranco estrecho. Lugo escapó con vida, pero perdió la mayor parte de su ejército. La primera batalla de Acentejo fue una de las peores derrotas castellanas en toda la expansión atlántica. Los cronistas hablan de cientos de muertos entre soldados, colonos y auxiliares aborígenes aliados.
Lugo regresó al año siguiente con refuerzos y venció en la batalla de Aguere, cerca de lo que hoy es La Laguna. La victoria definitiva llegó en la segunda batalla de Acentejo (1496), en el mismo lugar de la derrota anterior. Tenerife fue la última isla en caer.
Cruz, torre, fragua: la lógica de la conquista
En la novela, frey Juan de Arce, caballero hospitalario de San Juan, resume para un joven Alonso de Lugo la lógica de toda conquista: primero la cruz —la toma de posesión—, después la torre —«para que vean que has venido a quedarte»—, luego la fragua —la infraestructura que convierte un campamento en colonia— y, sobre todo, el dinero: «hay que gastar lo que se deba gastar». Lugo seguirá ese consejo al pie de la letra: plantará una cruz al desembarcar en Santa Cruz, levantará torres en Agaete, en Santa Cruz, en Santa María de Gracia y en San Juan de Saca —esta última prefabricada y transportada desde Tenerife—, y acumulará unas deudas inmensas que condicionarán todo su gobierno.
Frey Juan de Arce es un personaje ficticio, pero su presencia en la novela cumple además otra función: introduce la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, a la que siglos después pertenecerán descendientes de los Ascanio.
El esquema, ficticio o no, describe con precisión lo que ocurrió. Cada isla conquistada pasó por las mismas fases: primero el desembarco y la cruz que reclamaba la tierra para Castilla y para Dios; después la construcción de una torre o fortaleza que asegurase la presencia permanente; luego la llegada de colonos, artesanos y comerciantes que transformaban el campamento militar en una sociedad productiva. Y detrás de cada fase, siempre, la misma pregunta: ¿quién paga? El conquistador pedía prestado, la Corona concedía capitulaciones, los banqueros adelantaban capital, los colonos aportaban su trabajo — y todos esperaban cobrar con las tierras, los esclavos y el azúcar de las islas recién ganadas.
Canarias fue, en definitiva, el primer escenario atlántico donde Castilla probó las capitulaciones, la colaboración con el capital extranjero, la evangelización como instrumento de sometimiento y la tensión permanente entre la ambición privada del conquistador y el control político de la Corona. Muchas de esas herramientas jurídicas y financieras ya se habían ensayado cuando Colón zarpó en 1492. El Atlántico ya no era una frontera: era un camino.